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Las neuronas del cerebro se comunican constantemente con las del intestino, nuestro segundo cerebro, para mantener la salud. Pero cuando el estrés se prolonga surgen los conflictos.

Nuestros abuelos suelen decir que “antes se vivía mejor”. Quizás esa frase sea tan solo un lugar común, puesto que cada época ha tenido que enfrentarse a sus propios quebraderos de cabeza. La memoria es proclive a mitificar el pasado, pero quizás esa frase encierre algo de razón, porque hace un par de generaciones sí se vivía con menos estrés: nuestros abuelos y bisabuelos realizaban tareas arduas durante horas, muchas, pero luego descansaban.

Ahora, en cambio, vivimos instalados en el estrés todo el tiempo. Sin descanso o con muy pocos momentos de asueto. Esto tiene un efecto deletéreo sobre nuestra salud y, en especial, sobre nuestra salud digestiva.

Vivimos continuamente en la mente, enganchados a la pantalla, la del ordenador o la del móvil; al trabajo y a las preocupaciones. Y nos desconectamos por completo del cuerpo. Sin embargo, el cuerpo es sabio y deberíamos apoyar su funcionamiento inteligente.

Cabeza y vientre: así funcionan nuestros dos cerebros

Esas prisas y ese desapego de todo lo que no sea la mente, apuntan los expertos, está detrás de buena parte de nuestros dolores de estómago y otros problemas digestivos. ¿Cuántas veces hemos engullido literalmente un plato a toda prisa, con el pensamiento enredado en otro tema, sin tan siquiera percatarnos de lo que teníamos delante?

Por alejados e inconexos que nos puedan parecer, lo cierto es que cerebro y tripas están estrechamente vinculados, trabajan y cooperan a favor del organismo entero.

Todos conocemos síntomas de esta mutua influencia. Cuando nos enamoramos, sentimos “mariposas en el estómago”. Ante un suceso emocionalmente difícil, “se nos hace un nudo en la barriga”. “Digerimos las derrotas” y los acontecimientos desagradables nos “amargan el día”.

Una influencia de doble dirección

La ciencia apenas está empezando a vislumbrar los vínculos entre emociones, cerebro y sistema digestivo. Se intuye que son muy profundos. “Tenemos un ‘yo’ formado por la cabeza, pero también por el aparato digestivo, y eso no solo se refleja en el lenguaje, sino que lo podemos ver en el laboratorio”, dice Giulia Enders, autora de La digestión es la cuestión.

De ahí que un problema en alguno de los dos órganos acabe repercutiendo en el otro: si estamos muy estresados o tenemos un disgusto, es probable que tengamos una digestión complicada. Y al revés, si llevamos varios días sin ir al baño y nos sentimos hinchados y con malestar, es bastante seguro que nos sentiremos tristes, con un estado de ánimo alicaído.

Cuando el vientre se queja

De hecho, para muchas personas comer no es precisamente un placer, sino con frecuencia un calvario. Porque tras la ingesta de un delicioso plato llegan los ardores y el reflujo, el dolor de estómago o la inflamación abdominal. Por si fuera poco, visitar el baño no les resulta nada fácil, por lo que tienen calambres en la barriga, sensación de pesadez… Y eso, ingieran lo que ingieran.

“Puedo tomarme una simple ensalada verde y sentirme como si me hubiera comido una vaca entera”, explica María José, una mujer de 60 años que desde joven recuerda padecer problemas de digestión.

Aunque cene una crema de verduras suave, me suele ocurrir que por la noche tengo que levantarme a tomar una sal de frutas para calmar la sensación de malestar y quemazón que tengo. Sobre todo he notado que me ocurre en épocas en que estoy muy estresado”, relata Carles, treintañero.

“Es muy desagradable, tengo ardores después de comer y me viene a al boca una especie de reflujo ácido”, cuenta José, jubilado.

Más trastornos digestivos que nunca

“No es de extrañar que nos parezca que hay una verdadera epidemia de problemas digestivos“, asegura Enders.

“A la hora de comer”, añade, “la mayoría engullimos a toda pastilla cualquier cosa, sobre todo comida procesada del restaurante de la esquina, con un alto contenido en azúcares o fritos en grasas poco recomendables. ¡Pobre estómago! En toda la historia de la humanidad nunca como ahora habíamos cambiado tanto la forma de alimentarnos. Y el cuerpo aún no ha tenido el tiempo suficiente para adaptarse”.

La alimentación actual no ayuda

En las últimas décadas muchas personas han abandonado la dieta tradicional, propia de cada región –esos platos de cuchara de la abuela– y la han sustituido por alimentos refinados, ricos en hidratos de carbono, grasas poco saludables, fructosa…

También se ha empobrecido la alimentación. La dieta de la mayoría se reduce a tan solo 17 plantas, cuando hace un siglo se solía utilizar a lo largo del año hasta 500 especies vegetales para alimentarse.

Se ha incrementado mucho el consumo de trigo y derivados, y también de carne, que se come casi a diario.

“Cuando hablamos de carne solemos pensar en un filete, pero también son carne los embutidos. Nuestros ancestros solo se iban de barbacoa los domingos y nosotros lo hacemos de forma habitual”, señala Enders.

Lo mismo ocurre con los productos lácteos. “Estamos volviendo un poco loco a nuestro aparato digestivo, lo desconcertamos con las decisiones que estamos tomando a la hora de comer“, concluye.

Comunicación constante entre los dos cerebros

El sistema digestivo cuenta con un “cerebro” compuesto por una red de 500 millones de neuronas. El intestino produce hasta 20 hormonas y neurotransmisores distintos.

Genera, por ejemplo, el 95% de la serotonina circulante en el organismo, un agente que interviene en la regulación del estado de ánimo y del sueño. También produce el 50% de la dopamina, esencial en la capacidad para experimentar placer, sentir emociones o aprender.

Las neuronas digestivas y cerebrales se relacionan químicamente y a través del nervio vago, una especie de avenida que transmite información relevante para ambas partes. Una prueba curiosa de la comunicación continua entre ambas es el control de los esfínteres interior y exterior del ano (sí, son dos esfínteres en uno).

“El esfinter interior se encarga de supervisar el estado del intestino, de ver cuándo hace falta evacuar heces o gases. Entonces avisa al de fuera, que se comunica constantemente con el cerebro y recibe órdenes de él: ‘Aquí no podemos, es un lavabo público’ o ‘¡No! Que te pueden oír u oler’. Cuando el cerebro dice no, este esfínter se cierra en banda y no hay nada que hacer. Yo soy muy fan del musculito interior, que sólo se preocupa por mi bienestar”, explica Enders.

Pues bien, si le llevamos la contraria con un exceso de control desde el cerebro estamos reprimiendo al intestino para que olvide sus necesidades, y problemas como el estreñimiento pueden agravarse.

Un intestino con poder de decisión

El cerebro intestinal no es un mero servidor de la cabeza. No solo suministra información y obedece. También toma sus decisiones.

A diferencia de los ojos o el oído, el intestino no está retransmitiendo continuamente todo lo que ocurre allí abajo al cerebro. Solo le comunica aquello que considera imprescindible.

El resto de datos los procesa él mismo y toma las decisiones necesarias. Por ejemplo, puede controlar los movimientos intestinales, ordenar la producción de enzimas digestivas y reacciona al volumen y la composición nutritiva de la ingesta.

Cómo afecta el estrés a tus digestiones

Aunque cerebro e intestino suelen trabajar de forma conjunta y coordinada, el estrés elevado y sostenido durante tiempo puede generar conflictos entre ellos. Ante una situación estresante, el cerebro pone en marcha un sistema de emergencia de captación de energía.

A través de las llamadas fibras simpáticas, el cerebro envía al intestino un mensaje: “Estamos en una situación extrema, necesito toda tu energía”. El intestino, sin dudar, obedece. ¿Cómo?

Para empezar comienza a ahorrar energía durante la digestión: produce menos mucinas (proteínas que protegen las paredes intestinales) y reduce su propio riego sanguíneo para que todos los recursos puedan ir al cerebro y a los músculos.

Es una buena estrategia temporal, inventada por la naturaleza ante las situaciones de peligro que pueden afectar a un mamífero, como la presencia de un depredador. Así el cuerpo está preparado para luchar o huir. Pero en la vida civilizada, el estrés puede ser causado por un examen, la fecha de entrega de un informe o un conflicto con la pareja o con uno mismo.

Estas causas de estrés pueden mantenerse durante días y no se resuelven con una carrera o una pelea. De manera que el intestino funciona bajo mínimos durante demasiado tiempo. “La calidad de la mucosa intestinal comienza a deteriorarse y las bacterias que la habitan se alteran, comienzan a generar productos químicos tóxicos, que a su vez influyen sobre el cerebro y aumentan el estrés… es el pez que se muerde la cola», señala Enders.

El porqué del estreñimiento

Estos procesos explican que el estreñimiento o los síntomas del síndrome de intestino irritable se agraven con el estrés. Enders explica que al ir estresado todo el día la tripa se contrae, lo que ejerce mucha presión sobre el intestino y dificulta aún más la visita al inodoro.

Tampoco ayuda la manera en que nos sentamos en el retrete. Para facilitar la salida de las heces conviene apoyar los pies sobre una caja e inclinar el tronco hacia delante, de forma que estaremos imitando la postura en cuclillas, muy fisiológica y favorable para una defecación sin problemas.

Alteraciones en la microbiota

Si el préstamo de energía del intestino al cerebro es ocasional, no pasa nada. Ahora bien, si se convierte en algo habitual, pueden comenzar los problemas de salud digestiva.

Cuando el estrés dura demasiado, el intestino puede ser incapaz de conservar el ambiente necesario para se mantenga en buen estado la microbiota, la comunidad de bacterias que vive en el intestino y que es esencial para la salud de todo el organismo. Las poblaciones de bacterias beneficiosas pueden reducirse y las patógenas, aumentar.

Más cansancio

También se producen casos de robo de energía inversos. Cuando tenemos hambre y nos sentimos cansados, la sensación se va desvaneciendo tras tomar los primeros bocados, porque el estómago se dilata con los alimentos; sin embargo, durante un tiempo, seguimos sintiéndonos sin fuerzas, como antes de comer.

Pues bien, eso tiene que ver con el hecho de que para poder digerir los alimentos, necesitamos un gran flujo de sangre en los órganos digestivos, por lo que la irrigación del cerebro se reduce.

Cuanto más cuantiosa y pesada es una comida, más sangre va de la cabeza a las tripas y más cuesta pensar y volver a trabajar después del almuerzo.

Al intestino, por su parte, le va muy bien que nos sintamos así, porque estamos algo más relajados y puede disponer de sangre –sin hormonas del estrés– y energía en abundancia.

Fuente; cuerpoymente